Las “edades” de David Hockney

A punto de cumplir los 80 años, el pintor británico entra por la puerta grande de la Tate con la mayor retrospectiva de su vida.

“No soy muy dado a la nostalgia, me gusta vivir en el ahora”… Fumando como en sus mejores tiempos, calándose su eterna gorra con visera, David Hockney (Bradford, 1937) se asoma al precipicio de los ochenta -sin quitarse las gafas- como si fuera más bien una piscina. Ha vuelto a California, huyendo de la tragedia personal (la escabrosa muerte de su asistente Dominic Elliott), buscando la luz cegadora (“Diez veces más brillante que en la campiña de Yorkshire”) y añorando, eso sí, aquellos cuerpos desnudos al sol que le hicieron mundialmente famoso en los años sesenta.



Mulholland Drive, inmortalizado por él mismo antes de que David Lynch le echara el ojo, vuelve a marcar el camino hacia su estudio en las colinas de Hollywood. Los bosques de Bridlington fueron el solaz de su vejez; en La La Land se ha reencontrado ahora con su juventud tardía: los “eternos treinta” de los que hablaba Picasso, con la sordera agravada a lo Goya y conservando a duras penas la limpieza de la mirada, que no le pase como a Monet, que no veía más allá del estanque.

De Hollywood, bien fresco, se ha traído uno de sus últimos cuadros, Jardín con terraza azul (2015), la prueba irrefutable de que el viejo maestro -siempre fiel a sí mismo y en reinvención constante- vuelve a sentirse como en 1964, cuando descubrió su peculiar sueño californiano poblado de jóvenes musculosos (la homosexualidad estuvo prohibida en el Reino hasta tres años más tarde).

Digamos que David Hockney está cerrando de alguna manera el círculo, iniciado con Peter getting out of Nicks Pool o A Bigger Splash, para volver a abrirlo en cualquier momento. La exposición que la Tate de Londres (y que próximamente viajará al Pompidou de París y al Metropolitan de Nueva York) es la mayor retrospectiva que jamás le han hecho, con más de 200 obras que cubren seis largas décadas de producción incesante.


La exposición que la Tate es la mayor retrospectiva que jamás le han hecho.


Pero la historia no acaba aquí. En el fondo, asegura, se siente mucho más joven que todos esos cuadros reunidos a los que ahora saluda “como si fueran viejos amigos”. No suele mirar hacia atrás, insiste, aunque en el fondo agradece que alguien (los comisarios Chris Stephens y Andrew Wilson) haya puesto en orden sus “edades” y que eso sirva para que la gente aprecie su “evolución” y sus “raíces”.


El pintor vivo más “taquillero”


Más de 20.000 entradas vendidas de antemano le acreditan ya como el pintor vivo más “taquillero” en la reciente historia de la Tate. Y también uno de los más prolíficos: sus dos últimos cuadros no son más que la punta del iceberg, pues Hockney sigue con su producción desbordante, desdoblada también en sus vídeos como Las cuatro estaciones, en su experimentación con la fotografía digital, o de sus bocetos en iPad y iPhone… “Y ahí me quedo, porque llego ya tarde a la realidad virtual, que dudo que sea bueno para el arte, en todo caso para la pornografía”…


“Como todos los grandes maestros, Hockney ha pasado por muchas y muy diversas fases, pero nadie podrá negar que su obra está dotada de una prodigiosa consistencia”, asegura el comisario Chris Stephens, que nos invita a detenernos ante el Retrato rodeado de artefactos artísticos (1963), donde se dan la mano el figurativismo y la abstracción incipiente, con sátira incluida en Anillo flotando sobre una piscina (1971).

Nos remontamos al período “académico” del joven pintor de Bradford, cuando llega al Royal College of Art de Londres bajo el poderoso influjo del expresionismo abstracto , hasta encontrar una simbología propia y despistar finalmente a propios y extraños con Demostraciones de Versatilidad: “He querido probar que soy capaz de hacer cuatro tipos de pintura totalmente distintas, como Picasso” (modestia aparte).

En su primera exposición individual, “Paintings with People”, Hockney muestra ya su doble predilección por los interiores domésticos y por el “chapoteo” homosexual, y elige como gran lienzo Los Ángeles. “Tuvo que venir un británico para descubrir la identidad pictórica de la ciudad”, recuerda Chris Stephens. “Las piscinas, las palmeras, la arquitectura modernista, los cielos limpios… Todo eso le estaba esperando a Hockney, que sigue siendo considerado como el pintor por antonomasia de Los Ángeles”.


Luego vino el viraje al naturalismo, los “dobles retratos” que capturan no solo los rasgos palpables, sino la trama invisible de la relación. Ahí están Christopher Isherwood y Don Bachardy, y el hierático Peter Schlesinger (a la sazón novio del artista) contemplando cómo bucea John St. Clair, o los propios padres de Hockney, Kenneth y Laura, en la hermética intimidad del hogar.

“Mirar de cerca” es otra de las máximas de Hockney, virtuoso del dibujo, siempre presto a jugar con la ilusión visual y a romper las barreras entre pintura y fotografía con sus collages de Polaroids. Reacio siempre a encajar en el concepto del artista “pop”, Hockney da un nuevo salto en los años noventa con sus “experiencias de lugar”, rompiendo moldes con la tradición paisajística.

La aridez ocre del Gran Cañón va dejando paso al verde brillante de su East Yorkshire natal. Sus cuadros -El Camino a Twig, Un túnel de invierno- se ensanchan y buscan la experiencia de la inmersión total. “Un paisajista en el siglo XXI no puede quedarse en la verosimilitud de la fotografía”, palabra de Hockney. “La cámara tiene una mirada geométrica, pero el ojo humano es psicológico y selectivo. Es muy difícil reproducir ese efecto, aunque lo he intentado”. Casi una década volvió su retorno inesperado al paisaje de la infancia, hasta constatar que los cielos grises ingleses son un tópico, y que hay una magia apenas perceptible en la luz cambiante (“nunca dos días son iguales”).


La muerte de su joven asistente Dominic Elliott (se bebió una botella de lejía tras una sobredosis de droga) le hizo abrir los ojos en el 2013. Había que cerrar aquella etapa, y la exposición que le dedicaban en San Francisco sirvió como excusa. Sus últimas obras en Yorkshire fueron 25 dibujos al carboncillo celebrando la llegada de la primavera. Sus dos primeros dibujos en California fueron el eterno retorno al vidrio esmerilado de las piscinas.

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